Por: Remington / Opinión
Cada mañana, antes de que el sol termine de iluminar el Cerro del Fortín, las autoridades estatales y mandos militares se reúnen en las ya famosas Mesas de Seguridad.
La narrativa oficial es impecable: coordinación total, revisión de cifras y mando unificado.
Sin embargo, para el ciudadano que espera el camión en Santa Rosa o el que camina con miedo por las calles de Xoxocotlán y la Verde Antequera, la efectividad de estas reuniones matutinas se mide en resultados, no en horarios y mucho menos en las fotos colgadas en redes sociales.
El gran pecado de las estrategias de seguridad en Oaxaca ha sido la brecha entre el escritorio y la calle.
Si bien es loable la disciplina de sesionar a las 6:00 AM siguiendo el modelo federal, estas mesas parecen estancarse en el análisis de la estadística «ya ocurrida» (lo que pasó ayer) en lugar de la inteligencia predictiva (lo que se va a prevenir hoy).
De poco sirve que el gabinete de seguridad tome café de madrugada si las policías municipales —como las de Xoxocotlán o la capital— carecen de equipamiento digno, capacitación en derechos humanos o, peor aún, si sus elementos están bajo sospecha de colusión con la maña.
La ciudadanía no les pide madrugar; les exige patrullajes visibles, cámaras de vigilancia que funcionen y una autoridad ministerial que no haga del proceso de denuncia un calvario peor que el robo mismo.
La seguridad en la ciudad de Oaxaca y zona conurbada no se resolverá con boletines que celebran «disminuciones históricas», mientras la gente cambia sus rutas de llegada a casa o evita sacar el celular en el Centro Histórico, Central de Abasto o colonias periféricas.
Oaxaca necesita que esa «coordinación» de las 6 AM se traduzca en una Policía Metropolitana real, que rompa las barreras de papel entre municipios y que la justicia deje de ser un trámite burocrático para convertirse en un castigo ejemplar.
Menos café a las seis y más inteligencia (policial) en las calles. Esa es la gran deuda pendiente con el ciudadano de a pie.












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