*Con excusas y desconocimiento sobre defensa de derechos humanos, justifica titular del organismo autónomo falta de acciones concretas para prevenir homicidio de Alejandro Leyva
Remington / Disruptivo Mx
El desconocimiento sobre la defensa de derechos humanos y falta de oficio político, han dejado a la Defensoría de los Derechos Humanos del Pueblo de Oaxaca y a su titular, Elizabeth Lara Rodríguez, acorralada y sin credibilidad.
El condenable homicidio de Alejandro Leyva puso al descubierto lo que ya era evidente en la DDHPO: ineficacia, burocracia y una institución encerrada en cuatro paredes, que únicamente sabe dirigir oficios.
En conferencia de prensa ofrecida este 31 de julio, la defensora de Derechos Humanos ahondó en su ineficacia, al rechazar haber emitido Medidas Cautelares a favor del periodista asesinado, mucho menos una recomendación, vamos, ni siquiera un comunicado advirtiendo el riesgo que atravesaba el periodista.
El documento presentado por Leyva Aguilar nunca pasó de un “Cuaderno de Antecedentes”, el expediente más simple de la institución.
Lara Rodríguez repitió hasta el cansancio lo que consideró omisiones de otras instituciones, sin reconocer las propias, entre las ya mencionadas, pero sobre todo la indolencia de negar Medidas Cautelares.
¿Por qué es importante abordar este tema? Porque a través de estas Medidas se solicita a las autoridades puntualmente acciones de seguridad, entre las cuales destaca la protección a la Secretaría de Seguridad Pública y a la Policía Municipal mediante rondines de seguridad; a la Secretaría de Gobierno, un informe sobre los señalamientos efectuados contra Leyva Aguilar; a la Fiscalía, los avances en las investigaciones; incluso a la Gubernatura, para establecer mecanismos que garanticen el ejercicio de la libertad de expresión.
Nada de eso fue solicitado, porque es sabido, la posición que tiene es producto de negociaciones con el gobernador y su silencio, así como su ineptitud tienen un amo.
Un año después de haber recibido la primera queja de Alejandro Leyva en las propias oficinas de la Defensoría; la titular advirtió que nadie la escuchó y durante todos esos meses, los oficios fueron su única constancia, silenciosos, absurdos, tan absurdos como el homicidio del periodista.
¿Cómo puede venir ahora a decir que presentará quejas?
En qué momento alza la voz, cuando pesa sobre ella la incredulidad, la ineficiencia. Habla de rabia, más bien, es miedo, desesperación por defender lo indefendible, por tomar la última tabla de salvación que tiene cerca: los medios, esos mismos sobre los que pesa el luto, la indiferencia y la criminalización, por quienes jamás ha hecho algo.














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