OPINIÓN

Los altares de México

Bersahín López

Octavio Paz en el Laberinto de la Soledad, expresa que “la muerte mexicana no da ni recibe, se consume en sí misma y en sí misma se satisface”. México, un pueblo capaz de celebrar a lo que muchos le temen, para tratar de reencontrarse permanentemente con su pasado,  intentar entender su presente y afrontar su futuro. Aquí, las festividades de Día de Muertos se viven con especial fervor, sentir que regresan un día al año los que ya no están, es una especie de introspección para revivir, sanar y seguir adelante.

Dentro de las festividades que identifican a México en el contexto internacional, otorgándole una identidad propia, está la que se festeja el primero y dos de noviembre de cada año. La Fiesta de los Fieles Difuntos o el Día de Muertos, mantiene un significado muy arraigado en la personalidad del mexicano, ya que como ninguna otra, esta celebración abraza a toda la sociedad independientemente del contexto social, económico y territorial, siendo el respeto al pasado y a los orígenes lo que se pone de manifiesto cada año. Se trata de un clamor al pasado para dar fuerzas en el presente.

Pero significativamente, los altares del Día de Muertos representan adecuadamente lo que es México, con la pluralidad de olores, sabores, colores, con la diversidad de texturas en flores, frutas, papel picado, con la grandeza de un pueblo que hace arte de su gastronomía, con el mole, chocolate, pan y todas las delicias culinarias, que engalanan los altares.

Esos altares son diseñados con el amor  profundo hacia los seres queridos que ya no están presentes, se realizan pensando en que la satisfacción del visitante sea tal, que su degustación alcance para los 365 días que tardarán en regresar con música, cohetes y rezos.

Pero también tenemos los altares institucionales, aquellos que nos muestran la grandeza de la historia de nuestra nación, ahí están las ofrendas para quienes construyeron el país que tenemos, las ofrendas del estado mexicano a sus héroes están en las plazas públicas, adornan los edificios que albergan a los poderes del estado y muestran el orgullo nacional hacia los que perecieron en batalla, las y los que pusieron el nombre de México en lo alto y a quienes aportaron en los diferentes ámbitos para delinear la identidad del México actual. Estas ofrendas institucionales son cada vez más recurrentes para glorificar al pasado y mostrar que todavía es posible mejorar el presente. Cada vez más nombres se suman a estos ¨Fieles difuntos institucionales¨ que viven en la conciencia nacional, como Juárez, Hidalgo, Josefa Ortiz, Morelos, José Vasconcelos, Porfirio Díaz, Leona Vicario, María Sabina,  Frida Kahlo, Tamayo, Orozco, Ernesto Canto, Soraya Jiménez, e infinidad de hombres y mujeres que visitan los altares institucionales, que brindan sus mejores ofrendas a los símbolos de la identidad nacional en todas las áreas y circunstancias de la historia mexicana.

Desafortunadamente, tenemos además otros altares, esos que duelen en el corazón de México. Cada año, se incrementan los Altares Forzados, aquellos que recuerdan a las víctimas de la violencia, la injusticia, el olvido, esos altares que se encuentran lo mismo en las comunidades más abandonadas del país, así como en las grandes urbes, donde los niveles de delincuencia siguen sumando victimas que cada año se recuerdan en esos altares que no se visualizaba levantar, pero que fueron forzados por circunstancias de violencia e inseguridad.

Esos Altares Forzados se levantan cada año en México para recordarnos que hay mucho que hacer todavía  para garantizar la paz y la seguridad de quienes vivimos en este país, que hay un sinfín de acciones que articular para no permitir más defunciones por falta de medicamentos, tratamientos en los sistemas de salud pública o por la violencia y la desatención en servicios básicos.

Todo eso implica en México el Día de Muertos, donde se combina la tradición pero también el recuerdo doloroso de quienes se fueron forzados por las circunstancias. Nuestros altares familiares, institucionales y forzados están llenos de recuerdos, de historias, de silencio y de enseñanzas colectivas.

Cada Día de Muertos, México muestra su vena más sensible, esa que llega al corazón de un pueblo que vive la muerte.

Cada duelo refleja una circunstancia para actuar y evitar más víctimas; cada homenaje nos invita a abrazar  nuestras tradiciones con honor y respeto. Los altares de México como cada año estarán rebosantes de comida, colores, sabores, nombres, recuerdos, pero también deben estar llenos de empatía, conciencia y responsabilidad.

Honrar a los que ya no están con nosotros es un acto de reconocimiento y amor que nos sostiene en comunidad. México es un país de profundas raíces y por eso valoramos lo que está enterrado en nuestra tierra.

Que este noviembre nos encuentre en un abrazo familiar y con la fortaleza que necesitamos como nación. Que el pasado que sigue marcando el presente se aferre a nuestra mente y cuerpo para no soltar la empatía, la solidaridad y la conciencia. Que quienes sirven a esta nación desde sus instituciones revisen y comiencen a corregir sus actuaciones, y que, como ciudadanos nos desprendamos del individualismo y volteemos a observar con el corazón lo que sucede a nuestro alrededor, y que no debe suceder más.

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