*16 pueblos, una sola fiesta; miles corean el dios nunca muere en el primer Lunes del Cerro
Disruptivo Mx / Carlos Hernández
A las diez de la mañana, la rotonda de las Azucenas dejó de ser un escenario de concreto para convertirse en un mar de jarabes, chilenas, penachos de plumas que arañaban el cielo y faldas multicolor que giraban al ritmo de la chirimía.
Con un escenario pletórico y gran algarabía arrancó la edición 94 del Primer Lunes del Cerro de la Guelaguetza 2026.
La energía no vino de la megafonía ni de los discursos oficiales, sino del estallido seco de los cohetes y del grito colectivo de «¡Viva Oaxaca!» que soltaron las diversas delegaciones participantes.

Desde las gradas, miles de miradas —algunas ocultas tras sombreros de palma y otras iluminadas por las pantallas de los celulares— atestiguaron cómo los 16 pueblos originarios y el pueblo afromexicano convirtieron la ofrenda (eso es la guelaguetza, al final del día) en un abrazo masivo.
Piñas, tlayudas, pan de yema y sombreros volaban de la rotonda a las manos del público como ofrenda de una fiesta ancestral.
En el palco de honor, la vibra era de pura celebración.
La secretaria de Turismo federal, Josefina Rodríguez Zamora, acompañada del gobernador Salomón Jara Cruz, lo resumió sin rodeos al ver a las delegaciones tomar el escenario; la Guelaguetza no es solo un espectáculo para la foto, es el latido vivo de un país que recuerda de dónde viene.
«Oaxaca es un crisol; aquí la historia se baila y se comparte», se le escuchaba decir entre el murmullo de las bandas de viento.
A su lado, el gobernador sonreía con la familiaridad de quien conoce la fiesta desde la cuna.

Al ver a la multitud vibrar con la Danza de la Pluma y la Canción Mixteca, el mandatario recordó que la casa está abierta, segura y en paz para el mundo entero, lanzando la invitación directa para la Octava del Lunes del Cerro y para no dejar escapar ni un solo rincón de la fiesta.
Porque la fiesta no termina en el cerro. Allá abajo, en las calles, el aire huele a humo de leña, mezcal recién servido y maíz tostado.
Como hoy, la Guelaguetza no se ve, se siente en la piel, es la prueba viviente de que cuando los pueblos comparten lo que tienen, Oaxaca entera se vuelve una sola fiesta y esto… esto apenas empieza, nos vemos en la octava.














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