Tiempos de mirar a casa

Bersahín López
En los inicios de la historia, la humanidad se organizó en clanes, tribus y hordas. Estas formas de asociación buscaron, a través de las coincidencias del momento, cohesionar la convivencia. Antes de atender a la pluralidad, la «casa» fue el origen de toda civilización; fue el espacio donde el ser humano se fortaleció para enfrentar las inclemencias del tiempo, del territorio y de las relaciones humanas.
El grupo al que pertenece cada individuo es vital para su formación y desarrollo. La caza, la agricultura y el comercio tuvieron como fin primordial brindar a las tribus y familias mejores condiciones de subsistencia. No podía existir éxito en lo grupal, si no lo había primero en cada tribu o familia organizada.
Esta enseñanza milenaria debería recuperarse hoy. En un mundo totalmente conectado, pareciera más importante lo que sucede en el contexto de las relaciones macro, que lo que sucede en cada tribu, familia u horda moderna. Dejó de tener importancia lo interno para concentrar el esfuerzo en lo que se ve hacia el exterior; sin embargo, si las culturas antiguas prosperaron, fue en gran medida por su fortaleza interna, lo que les permitió después conquistar territorios distintos.
La globalización nos mantiene permanentemente interconectados y es parte de la dinámica actual, pero eso no significa dejar de mirar a la casa. La soberanía y el desarrollo primero se construyen dentro y luego se reivindican en el contexto internacional.
La idea de lo «local» no es un simple estribillo de discurso; tiene que ser una hoja de ruta para convivir en el mundo con fortaleza y credibilidad. La solidez interna en el comercio, los derechos, la economía, el medio ambiente y el desarrollo humano, será siempre el principal argumento para competir y sostener relaciones multilaterales de gran alcance en beneficio de la nación.
No puede existir fortaleza externa si no hay solidez interna. Es tiempo de mirar a casa, reconocer lo que está bien y corregir lo que se debe mejorar.
México es nuestra gran casa y debemos ponerla en orden, entendiendo que la Nación será tan fuerte como lo sea el más pequeño de sus municipios.
El pasado debe dejarnos alguna enseñanza, pero no podemos permitirnos volver a él para repetir errores; tampoco podemos discursear sobre el futuro con esquemas ineficaces, ni mantenernos estáticos por las turbulencias externas. Requerimos de un avance sistemático, medido y evaluado para depender plenamente de nosotros mismos, especialmente en estos tiempos de incertidumbre multilateral.
Frente a nuestros vecinos y socios comerciales, políticos y culturales, México debe presentar un esquema integral de participación, pero con la fuerza puesta en lo interno. La política debe ser la primera opción de orden, el eje rector de la agenda nacional e internacional.
Desde lo local podemos construir una nueva generación que afronte los retos de la actualidad. Esto va más allá de colores, partidos o dogmas ideológicos; responde a una enorme realidad que debemos recomponer. Ordenar la casa y, desde ahí, estructurar las relaciones externas es la mejor opción para que la soberanía, el desarrollo y el respeto internacional estén totalmente bajo nuestro control. ¿Coincidimos?




